Mordía los talones de la gente indeseable, murió a los 11 años y terminó convertido en uno de los íconos más famosos de la música
El recorrido de un mestizo inglés que, después de morir, pasó a encarnar el célebre lema “La voz de su amo”. La ilustración que dio origen a uno de los emblemas más reconocidos quedó registrada hace 126 años.
Por
Alberto Amato (TN – Internacional)

La obra de Francis Barraud donde pintó a su perro Nipper escuchando el gramófono.
Tanto hizo sin hacer nada, tanto girar dale que te dale en gramófonos, fonógrafos, giradiscos, rocolas, compacteras o lo que fuere, tanta música llevó al mundo entero, desde Bach hasta los Beatles, tanto fue sinónimo de conocimiento, de ilustración, de progreso, tanto hizo que el mundo creyó que era eso. Una etiqueta simpática que anunciaba una marca: RCA Víctor.
La etiqueta mostraba a un perrito, sentado con la pachorra de todo perrete que se precie de tal, frente a la corneta de latón de un artefacto prehistórico que permitía escuchar música, con la cabeza levemente girada hacia la izquierda como si se preguntara qué diablos es esto que suena. Y lo que parecía un acierto publicitario, que lo era, tenía origen y estirpe en un perro real, se llamó Nipper, que pasó a la fama después de morir. Borges decía que morir es una costumbre que suele tener la gente; también es, y esto no lo decía Borges, la peor costumbre que suelen tener los perros.
El gramófono de cilindro fue el precursor de el de discos.
Hace 126 años, el 10 de julio de 1900, la oficina de patentes de Estados Unidos registró una de las más famosas marcas de la historia, incluidos su logo y su lema, en beneficio de la Víctor Recording Company que, con el tiempo, sería la RCA Víctor. El lema era “His Master’s Voice – La voz de su amo”. Y la imagen era la de aquel perrito que miraba el fonógrafo, un adelanto de la época, con su cabecita ladeada hacia la izquierda y en varias poses y actitudes. El perrito era siempre el mismo. Era Nipper, que, como todos, hacía pis al pie de los árboles, comía con el apetito de un regimiento, le gustaba pasear y acaso ladrara a alguna luna londinense en sus noches de melancolía en las que recordaba a sus antepasados lobos.
Seamos justos: si sos perro y ambicionás la fama, la gloria, esa entelequia que se llama posteridad, tenés que hacer algo, destacarte por sobre tus congéneres. Para no abusar, Rin Tin cumplía una misión en el ejército del Far West, Lassie era el orgullo de una familia y una heroína de vez en cuando, Toto, el de “El Mago de Oz”, también hacía de las suyas; Laika fue la primera perrita que conquistó el espacio, soviética ella, en un viaje que le costó la vida; Tubby fue el terrier más condecorado en la Primera Guerra Mundial por su arrojo y coraje; Hachiko fue el perro japonés símbolo de la fidelidad, que durante diez años, hasta el fin de su vida, esperó en una estación de tren el regreso de su dueño que había muerto, como reza la estatua que hoy lo recuerda; hasta los dos encantadores protagonistas de “La Dama y el Vagabundo” se lanzan a sus correrías y comen aquellos tallarines que terminan, ya saben, en un beso; por no hablar de los 101 dálmatas y hasta de Snoopy, ese beagle con aires de filósofo: todos nos dejaron algo en tiras cómicas o en dibujos animados o en series de tele y en películas.
Pero Nipper, el perrete de la RCA, hizo nada: salvo despertar el amor de su dueño. Su historia combina la lealtad, la ternura y el siempre árido mundo de los negocios. Nipper nació en Bristol, Inglaterra, en 1884. Vivió once años, murió en 1895 y fue enterrado en el parque de sus juegos, en Kingston upon Thames, en Clarence Street, que por entonces era un espacio verde pequeño y rodeado de magnolias. Ni parque, ni magnolias existen hoy. En ese sitio se levanta una sucursal del Lloyds Bank, miren si es destino para un parque, que, pese al áspero y riguroso mundo del dinero y las inversiones, en una de sus paredes, según se entra a la derecha, una placa recuerda que Nipper, el terrier, descansa en sus cimientos.
Bueno, lo de terrier, en Nipper, está por verse. Nipper era un mestizo, a qué negarlo, con mezcla, digamos mejor influencia, de un Jack Russell terrier, aunque algunas fuentes sugieren que era un terrier de pelo liso, o una cruza de Bull terrier. Miren, Alejandro Casona, que fue un gran autor teatral español que vivió unos años en Argentina, autor de “Los árboles mueren de pie” “Prohibido suicidarse en primavera” y “La tercera palabra”, entre otras, diría que el perrito bien podía ser hijo de padre desconocido y madre muy conocida. A quién le importa. Lo llamaron Nipper que quiere decir chiquillo, muchachito, criatura, pero también define a un ave de presa porque parece que Nipper solía morder la parte posterior de las piernas de sus visitantes, si no le agradaban demasiado.
Un viejo disco con la etiqueta original de la discográfica con «His Master’s Voice».
El dueño de Nipper fue Mark Henry Barraud, un hombre de teatro, escenógrafo y diseñador de escenarios, artista plástico en sus ratos libres, que se ganaba la vida en el Princess’s Theatre, así llamado en honor de la princesa Victoria antes de que fuese reina y gobernara el Reino Unido durante sesenta y cuatro años. El teatro ya no existe. Hasta 2014, su solar fue sede de la tienda HMV y luego albergó a “Sports Direct”. Cosas que pasan. Esa fue, cuando era teatro, la primera casa de Nipper, su primer refugio.
Barraud murió en 1887, cuando Nipper tenía tres años recién cumplidos, así que pasó a vivir con los hermanos de Barraud, Philip y Francis, que fue quien le dio refugio en su casa. Francis Barraud también era artista plástico: había estudiado en la Escuela de Arte de Heatherley y en la Royal Academy, donde se graduó con medalla de plata. Se perfeccionó en Beaux Arts de Amberes, Bélgica. También era un buen fotógrafo, con estudio propio en Londres, habilísimo en capturar la vida cotidiana de la época y en retratar a algunos grandes personajes.
Una tarde, tres años después de la muerte de Nipper, a Francis se le ocurrió pintar al perrito sentado y muy atento frente a un fonógrafo de cilindro, uno de los primeros reproductores de música fabricados por la compañía Edison Bell. Era un cuadro simple y sencillo, sin demasiadas pretensiones, que pretendía recordar a aquel perrito simpático y mordedor frente a un símbolo del progreso. Barraud usó incluso una fotografía de Nipper como modelo para su pintura, y alguna vez recordó: “Es difícil decir cómo me surgió la idea: de repente se me ocurrió que sería muy bueno tener a mi perro escuchando el fonógrafo, con una expresión inteligente y bastante desconcertada. En casa teníamos un fonógrafo y a menudo me daba cuenta de lo desconcertado que estaba Nipper al ver de dónde venía la voz que escuchaba. Fue la mejor idea de mi vida”. Sí que lo fue. Tituló a su obra “Perro mirando y escuchando el fonógrafo” y, como título tentativo, suplente o adjunto, “His Master’s Voice – La voz de su Amo, o de su maestro”.
Seamos sinceros: Barraud buscaba dinero porque el arte, a menudo, no da para vivir por más medallas de plata y Royal Academy que honren unos estudios. Al año de haber plasmado su obra, Barraud presentó una solicitud de derechos de autor por su imagen y salió a venderla a posibles interesados. Lo primero que hizo, porque no era tonto, fue ofrecerla a la Edison Bell, con casa central en New Jersey, Estados Unidos, y una filial en Londres a cargo de un ejecutivo llamado James E. Hough. Barraud le enseñó su pintura y a Nipper, fijado para siempre en su desconcierto, y Hough lo sacó carpiendo con esa lógica un tanto altanera de la gente que lee más asientos contables que literatura, le dijo: “Los perros no escuchan fonógrafos”. Un visionario el tipo.
Barraud insistió con otros candidatos, hasta que le sugirieron que su obra se podía ver un poco mejor si cambiaba aquella bocina de fonógrafo, que ya estaba un poco pasada de moda porque la técnica progresaba a grandes saltos, por la nueva y brillante bocina de latón de un gramófono. Así que Barraud fue a pedir prestado un gramófono que le sirviera de modelo a las oficinas de Maiden Lane de Gramophone Company, en Londres. Allí se topó con el gerente de la compañía, William Barry que tal vez había leído algo más que asientos contables en su vida. El gerente fue directo a lo que a Barraud le interesaba: si además de la bocina, Barraud cambiaba en su pintura el sistema de reproducción, se olvidaba del fonógrafo y de su sistema de reproducción a través de cilindros, y pintaba un fonógrafo marca “Berliner”, que era lo que Gramophone vendía, tal vez su empresa estuviese muy dispuesta a comprarle la pintura. Eso es hablar claro.
Más tarde HMV hizo un casting para encontrar otro perro idéntico a Nipper.
Dicho y hecho. Barraud pintó todo de nuevo, dejó a Nipper con su cabecita de ir a los garrones de los visitantes indeseados un poco ladeada a la izquierda, y Berliner Gramophone compró todo: cuadro, derechos de autor de la obra y lema, “His Master’s Voice” por cien libras. Hoy no parece mucho, para la época era algo de buen dinero, a libras del siglo XXI tal vez fuese una suma cercana a las doce mil libras, penique más o menos. No es una fortuna comparada con las utilidades que la imagen le reportó a la discográfica. El óleo original de Barraud estuvo muchos años colgado en la sala de acuerdos del sello británico EMI en Hayes, Middlesex, al oeste de Londres.
La historia se enreda luego en una serie de empresas, sociedades y compañías que heredaron a Nipper. La sucesora de Berliner fue Víctor Talking Machine Co., que luego se conoció como RCA Víctor y más tarde como RCA Records; Zonophone fue otra filial de Berliner y, más tarde de Víctor; Gramophone Co. Ltd., fue conocida siempre como “His Master’s Voice” y sus sucesoras EMI y HMV Retail, también usaron a Nipper y a su legendaria pose ante el gramófono. La marca y su lema fueron usadas por una filial de la Víctor en Japón, la Japan Víctor Company, conocida como JVC.
Nipper se convirtió en un perrito legendario, sentado en sus cuartos traseros, y fue estatua y monumento aunque RCA Records y EMI redujeron su uso. Una estatua gigante del Nipper real, porque hasta hubo imitaciones, todas fallidas, se alzaba hasta hace poco con sus cuatro toneladas de peso en el edificio de RTA, antigua distribuidora de RCA, en el 991 de Broadway Av., en Albany, capital del estado de New York. Otra estatua de Nipper presidió el Nipper Park de Merrifield, Virginia, Estados Unidos, hasta que fue devuelto a Baltimore, donde alguna vez coronó el edificio de la RCA: la estatua incluye el gramófono que tanto intriga al perrito.

La estatua de Nipper enla sede de RCA en Baltimore, Estados Unidos.
En Inglaterra se alza una pequeña estatua de Nipper en los altos de una puerta del Merchant Venturers Building, una parte de la Universidad de Bristol, no muy alejada de donde alguna vez funcionó el Princess´s Theatre que fue su primera casa. Hace dieciséis años, el 14 de marzo de 2010, un pequeño camino cerca de donde duerme Nipper, en los cimientos del Lloyds Bank, en Kingston upon Thames, fue bautizado como Nipper Alley en recuerdo, dice una placa “de un antiguo residente del pueblo”.
Así fue la historia de Nipper, el perrito de la RCA, que empezó cuando ya estaba enterrado entre magnolias y que pasó a la historia sin hacer nada. Bueno, tanto como nada… Su imagen, su alma acaso, giró durante más de un siglo, tal vez gire todavía, en las etiquetas de aquellos viejos discos de pasta, pesados como trenes, en la de los más modernos LP de vinilo, que temblaban ante la menor crisis petrolera, en los plateados y enigmáticos CD que acercaron, todos, la música al mundo.
Nipper, que aseguraba fidelidad a la voz humana, debe haber llevado a Mozart y a los Rolling a oídos que nunca habían escuchado a uno y a otros; seguro esparció los grandes tesoros de la música popular, los que cuentan las alegrías y los sufrimientos de la gente; fue, en suma, un aliado fiel como lo que era, fiel como un perro, de la cultura y la civilización, tan cascoteadas en estas épocas y latitudes.
No es poco para un perrito que mordía los talones de la gente indeseable.
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