Los Fabulosos Cadillacs

30 años de El León: cómo Los Fabulosos Cadillacs conquistaron América con un disco lleno de ritmo y un rescate emotivo a los desaparecidos

Vicentico, Flavio Cianciarulo y Sergio Rotman -autores de casi todo el álbum editado en 1992- reconstruyeron época, contexto e historia de himnos como “Manuel Santillán, El León”, “Siguiendo la luna” y “Gallo rojo”

Por Ezequiel Ruiz (Infobae – Teleshow)

Fue en junio de 1992 y pudo haber sido en Ritmo de la Noche con Marcelo Tinelli o en Hacelo por mí ante Mario Pergolini. Pero pasó en Jugate Conmigo y con Cris Morena, otro de los programas de la tevé abierta de la época que abría espacio para la música argentina, sea en vivo o con un indisimulable playback. “El León, para todos, se llama el séptimo disco de los Cadillacs que salió hace poco. Siete son las maravillas del mundo, siete son sus discos… Les va a ir bárbaro, seguro. ¿Por qué El León?”, pregunta ella y, entre la efervescencia de la tribuna adolescente, responde Vicentico con su característico mood relajado y elusivo con el que evita ser definitivo.

“Por varias razones en especial. Hay algunas medio tontas, como que somos muchos de Leo… Y otras, porque el león significa, de alguna manera, lo que nosotros queríamos del disco…”, dice el cantante y la conductora acota: “En nuestro staff también somos un montón de Leo. ¿No se pelean, no discuten?”. “Sí, todo el tiempo”, concede el Cadillac. “Pero se quieren… ¿hace cuánto que están juntos?”, quiere saber ella. “Y, siete años…”, cuenta él y la sorprende. Cris abre bien grande los ojos, la boca y tira su pronóstico. “¿Todo siete? ¡Se les da! Este año la rompen totalmente, chicos”, vaticinó cuando el álbum en cuestión tenía apenas unas semanas en la calle.

Aunque no tan inmediatamente, la profecía de Cris se cumplió. Con El León -que salió en la misma semana que El amor después del amor, aun hoy el más vendido del rock argentino- Los Fabulosos Cadillacs lograron un nuevo hummus musical en el que florecieron varios hits después de cierto bajón de popularidad, un paso en falso (el maxi single Sopa de caracol) y la ida de dos pilares del grupo como Luciano Jr. y Naco Goldfinger. Lejos de las cifras de Fito, fue reivindicado de manera masiva dos años después, tras la edición del compilado Vasos Vacíos (su álbum más vendido), que incluía ese hit continental llamado “Matador”.

Versátiles, inspirados y cada vez menos convencidos de querer morir tocando ska, en los primeros meses de aquel año se concentraron en una quinta del norte bonaerense para continuar abriendo su sonido después de lo que había sido Volumen 5. En aquel disco editado en 1990, contenían punk rock, dancehall, new wave, hip-hop y hasta un acercamiento a la salsa (”Demasiada presión”), sabor que en este nuevo trabajo terminarían de incorporar con los ingresos de Gerardo Toto Rotblat (en percusión) y Fernando Trombo Albareda (trombón).

Entre contexto, estado de ánimo y antena prendida (Rubén Blades, Les Négresses Vertes, Mano Negra, el inicio de la convertibilidad, los indultos a los militares aun frescos, el asesinato a Walter Bulacio, pánico y desinformación sobre el sida…) comenzaron a brotar canciones festivas, combativas y sentimentales (“Carnaval toda la vida”, “Manuel Santillán, el León”, “Siguiendo la luna”, “Gallo rojo”, “Venganza”, “El aguijón”…), mientras el manager del grupo pergeñaba una primera gira por los Estados Unidos y México que les permitió costearse la grabación del álbum bajo las ordenes del productor norteamericano KC Porter.

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“No me acuerdo un carajo, boludo”, protesta y se ríe Vicentico ante la consulta de Teleshow sobre detalles específicos de algunas de las canciones que escribió para este disco. Algo más memoriosos, Flavio Cianciarulo y Sergio Rotman, los otros dos compositores, engrosan este relato de una historia que comenzó hace 30 años.

Vicentico: —Me parece muy loco que haya pasado tanto tiempo. Lo que más me hace feliz recordar es el momento, que fue el primer disco que grabamos afuera. Fue muy divertido el viaje, fueron un par de meses en Los Ángeles, se grabó gran parte en la casa de (el productor) KC Porter y la pasamos muy lindo.

Rotman: —Yo estaba seguro de que estábamos haciendo un clásico. No me sorprende para nada que 30 años después se siga hablando de El León. Lo que sí me parecía raro es que no pegara inmediatamente y el tiempo que le tomó al público entender a ese disco.

Flavio: —Veníamos de desinflarnos del batacazo del éxito. De ser la novedad, tocar mucho, ser convocantes y también de ser resistidos, pasamos a un momento en baja. Pero eso nos encontró muy unidos como banda, confiando en nosotros mismos y manteniendo la llama desde la más absoluta intimidad, en la sala de ensayo. Gozábamos y disfrutábamos de estar juntos. ¿Viste que muchas veces dicen que es difícil seguir cuando una banda goza de un éxito y después cae? Nosotros no. Dejamos de estar de moda y fue lo mejor que nos pudo pasar, porque preparamos el disco con ese despojo y con esa carencia a favor.

Rotman: —Hicimos tres Obras en el 87, cuando salió Yo te avisé. Luego mantuvimos durante un par de años un nivel de popularidad ridículo. Pero ridículo, eh. Hoy nuestro Instagram tendría 400 millones de seguidores si pudiéramos ponerlo en 1988 (se ríe). Hacíamos 180, 190 shows por año. Y empezamos a decaer: en el 89 pasamos a hacer 70 shows. Y en el 90, 14. Todos tuvimos que dejar las casas que habíamos alquilado, el nivel de vida que teníamos… Yo volví a vivir con mis viejos, ¿entendés? Tuvimos que regalarnos como artistas para poder hacer shows. Regalamos canciones, el publishing de El León, a cambio de que Sony nos pagara una parte de los pasajes para ir a grabar el disco afuera.

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V: —Todo se desmoronó muy fuerte. Pero sabíamos que queríamos seguir juntos. Por suerte, con una especie de extraña humildad a pesar de que podíamos creer que estábamos en la cima de todo, seguía pasando algo en el escenario con nosotros cuando estábamos juntos, entre nosotros, que realmente no importa si hay gente o no. Hay algo de extraña diversión de tocar juntos que se puede hacer en cualquier lado y con la gente que haya. Así éramos cuando empezamos. Y así sigue siendo ahora. Después, el resto es suerte y constancia. Y seguir. Creo que sabíamos que si estábamos juntos, estaba todo bien.

R: —Lo más dramático que sucedió en esa época fue perder a Luciano Jr. y a Naco Goldfinger, aunque fueron por motivos diferentes y hubo un par de años entre la partida de ambos. Las entradas de Trombo Albareda y de Toto Rotblat fueron unas decisiones espectaculares. De esas cosas que solo pasan en la historia de los Cadillacs: aciertos que son increíbles y errores que son garrafales, también.

V: —Toto y Trombo ayudaron un poco a plasmar lo que pensábamos, pero veníamos de Volumen 5. Ahí ya había cosas que después intentamos repensar en el disco siguiente: está “Demasiada presión” que, en algún punto, es un tema que podría haber estado en El León. Todo lo que veníamos haciendo, que era re ecléctico, empezó a juntarse. Y se abrieron las puertas de América.

F: —Yo era el que vivía más cerca de Toto, a unas cuadras, allá en Barrio Norte, así que nos veíamos mucho y pasábamos tardes enteras con el bongó. Me motivaba mucho juntarme con él: ver la cara de un chabón que está sobreexcitado y feliz, te pone feliz a vos también. Y más allá de su impronta musical, llegó a nosotros una personita hermosa que amamos y extrañamos hasta hoy (N: falleció el 29 de marzo de 2008).

V: —Toto nos dio un cambio de aire por su personalidad, por cómo era como persona y por cómo tocaba. Era un desbordado y ese desborde le venía perfecto a la banda. En el disco se nota bastante.

R: —La influencia de Toto en El León fue muy fuerte. Tuvo que aprender a tocar las congas sin amplificar, contra Flavio tocando al máximo volumen posible. Para hacerse escuchar tenía que tocar de una forma imposible y yo todavía no encuentro percusionistas que toquen con ese volumen y esa agresividad. A Trombo lo encontramos en una salsera, no buscábamos sesionistas ni gente del palo del jazz. Nos fuimos con Flavio una noche a un boliche de salsa a ver si conseguíamos un trombonista. Y estaba este pibe tocando ahí. Esa combinación fue la que decantó en el disco después.

La influencia de Rubén Blades en “Manuel Santillán, El León”

Cuando termina la fiesta inicial de “Carnaval toda la vida” (”Es una gran toma en vivo y acá el productor entendió el humor del grupo”, dice Vicentico), los vientos de “Manuel Santillán, El León” barren las sobras y plantan el concepto, el motivo del álbum. En cuanto a la estructura musical, Flavio imaginó: “Quería una suerte de ska reggae al estilo Cadillac, pero con una melodía completamente salsera. Por eso están las dos versiones, la reggae y la que tiene el tumbao”. Y sabe que es un tema que dejó huella en la banda: “Es una canción completamente salsera, pero que no suena a salsa. Y sin darnos cuenta, fue generando un cimiento de sonido Cadillac que después imperó”.

“Van al mar, van al mar / llanto, dolor, sufrimiento de un pueblo se ahoga en el mar”, son las palabras que habría dicho Manuel Santillán, según el recuerdo de un borracho que zigzagueaba las calles de San Telmo. Aunque allí podría leerse una especie de metáfora sobre los métodos que la última dictadura cívico militar en la Argentina empleó para desaparecer personas, nada es tan exacto. Flavio asegura El León “no existe, por lo menos hasta donde yo sepa. Y si existe, es una absoluta coincidencia. Me han dicho alguna vez: ‘Sí, porque el León…’. No, no, no, es una distorsión de la realidad. Es absolutamente un personaje producto de mi imaginación, con muchas intenciones narrativas de ficción”.

“La influencia de Rubén Blades era muy fuerte en aquellos momentos. Y se ve claramente en esta canción”, explica Cianciarulo, quien dice que se planteó escribir una letra “a lo ‘Pedro Navaja’, con estructura narrativa de relato corto, protagonizado por un personaje que patea la calle y con ciertas connotaciones sociopolíticas”. Más adelante en el álbum, el genio del trovador panameño es reivindicado explícitamente a través de una coral y sentida versión de “Desapariciones”.

“Busca en el agua y en los matorrales / ¿Y por qué es que se desaparecen? / Porque no todos somos iguales / ¿Y cuándo vuelve el desaparecido? / Cada vez que lo trae el pensamiento / ¿Cómo se le habla al desaparecido? / Con la emoción apretando por dentro”, entona Vicentico con los dientes apretados y, de alguna manera, le agrega una pincelada realista a la denuncia, el imaginario y el reclamo de memoria planteado por Manuel Santillán.

Las promesas incumplidas de “Siguiendo la luna”

“Solo el sufrimiento genera el arte. Y el sufrimiento no es solamente que te claven un cuchillo, sino en cualquiera de sus aspectos. Por eso, hoy en día, es tan difícil escuchar una canción buena. De cualquier género, no del rock. Porque como ya en la música todo el mundo tiene todo, ¿qué carajo les va a importar? Entonces ahí estamos, viviendo en un mundo de mediocres”, analiza Sergio Rotman, escritor de este himno reggae desgarrado que con el tiempo se convirtió en una de las favoritas. ¿El dolor que lo inspiró? El alto volumen que empleaba Fidel Nadal para escuchar música.

“Del 91 al 93 viví con Fidel en una casa de la calle La Pampa, pero ya éramos amigos desde el 83. Yo tenía algunos problemas psiquiátricos y él me extendió su mano: le voy a estar agradecido siempre porque hoy podría ser un cadáver si no fuera por él. Me llevó a vivir a su casa y me ofreció el cuartito de abajo. Pero el único tema con Fidel es que escucha música muy fuerte. Y cuando hablo de ‘música muy fuerte’ estás hablando con una persona que está acostumbrada a poner música muy fuerte”, enfatizó el saxofonista. “Entonces yo llegué a ‘Siguiendo la luna’ tratando de no escuchar la música de Fidel, poniéndole un colchón a mi puerta. Y así llegaron los acordes y así llegó la melodía”, recuerda.

“La métrica y la dinámica de la lírica está relacionada a la forma en que escribe Jim Thompson, un escritor policial de segunda línea, pero con libros muy trascendentes. El escribía de una forma en que afirma la negación, afirma algo que sabés que no va a pasar. ‘Te juro que cambiaré’, dice el tema y vos sabés que está mintiendo la persona que lo dice”, comenta. A la vez, admite que está inspirada en una persona (”no importa quién”) aunque “esa persona fue el detonante pero no el centro de la canción”. Rotman considera que lo más trascendente de la canción es su imborrable estribillo (“Vamos mi cariño que todo esta bien, esta noche cambiaré, te juro que cambiaré”): “Y es obvio que no cambiará nada”, se ríe al respecto.

Hace pocos meses entonó por primera vez sus propios versos en vivo, en un ciclo realizado junto a Saúl Díaz de Vivar. “Es lo que pasaba con Frank Sinatra y ‘Something’, que decía que era su canción favorita de Lennon y McCartney (se ríe). Con ‘Siguiendo la luna’ pasó un poco eso, salvando las distancias, de que muchos tal vez no saben que la escribí yo. Pero no me importa, no espero ningún reconocimiento. Y nunca sentí que hubo algo así como: ‘Esta es de Vicentico, esta es de Flavio…’. Siempre me parecieron propias las canciones. Y esa es la forma más sana que tiene el grupo de funcionar. Además, Vicentico la interpreta de una forma fantástica”, dice Sergio.

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Lo que Vicentico se acuerda de “Gallo rojo”

“No me acuerdo mucho pero creo que la empecé con el estribillo. Creo que tenía los acordes, nada más, y el flow de la canción. Y después escribí la letra”, dice el autor sobre esta canción que también suele integrar el repertorio de sus shows solistas. “Lo que tiene de groso es que toca el Flaco Jiménez, un acordeonista que fue un flash grabarlo. Fuimos a Texas, su ciudad, y lo hicimos en un estudio de ahí. Es un invitado muy top para nosotros. Quizás en ese momento no era muy conocido acá, pero es muy importante de la música texana y el tex mex. Y la canción va para ese lado”, apunta.

“Gallo rojo, tan valiente / comandante de este barrio / no importaba si eran diez, si eran veinte o eran mil / eras grande, sol de mayo”, entona Vicentico en una letra que siempre fue vinculada a la figura del Che Guevara “Flavio ponía una bandera del Che en el escenario y cuando la tocábamos, alguien lo pegó a eso. No me molesta para nada, porque habla de eso, en algún sentido. Pero realidad, está inspirada en un disco que yo tenía, de la película Morir en Madrid, que tiene canciones que me encantaban. Va para ese lado, pensando en la Revolución Española, pero tampoco nada firme sobre eso”, dice el cantante. Y puntualiza que, en definitiva, “es más una idea interna de cosas que a mi me encendían. La figura del ‘Gallo rojo’ tiene que ver con mi infancia y con una idea que yo tenía de lo que es un héroe”.

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V: —“Venganza”, de Flavio, creo que es la que más me gusta del disco. No sé si fue el primer bolero que grabé, pero me acuerdo de que Flavio quería tocar la guitarra. Entonces, me pidió a mi que toque el bajo. Así que es la primera canción que grabé en bajo. Es una canción hermosa, re clásica, siempre la toco en casa.

F: —Ese es un tema que representa nuestro amor por el bolero. Éramos unos herejes del rock porque presumíamos y hasta decíamos de forma sarcástica: “Nosotros no vamos a ver recitales de rock, vamos a ver a Willy Toledo”. Era uno que cantaba boleros románticos en un cabaret. Veníamos de consumir todo el rock, fuimos grandes seguidores de Sumo y del punk rock, pero íbamos a escuchar boleros y flasheabamos. Teníamos un amor muy grande por ese tempo lento y la canción latinoamericana, tan románticamente hermosa.

R: —El rock alterlatino se inventó entre tres bandas: nosotros, Todos Tus Muertos y Mano Negra. Un estilo musical que fue bastante bastardeado pero que sigue siendo totalmente actual, porque todas las bandas, hoy, hasta las de rock and roll, tienen algún lentito, el bolerito… Antes era imposible, man. Imposible. Nadie tocaba eso, no vengan a decirme nada porque ni Soda Stereo, ni los Redondos ni nadie tenía percusión ni caños estables. Todo eso pertenece a nosotros.

F: —La coda de “Venganza”, que se pone rápida, es muy Les Négresses Vertes, una banda que también escuchábamos bastante y que además nos influye en el vestuario que utilizábamos. Para nosotros, la ropa era muy importante. Una sesión de fotos, por ejemplo la de tapa de la revista Pelo, era una declaración de principios estéticos y culturales. Capaz que otros nos decían: “Che, afinen”. “No, no me importa afinar, me importa cómo me voy a vestir”. Algo que para otros puede ser una herejía banal.

El león Los Fabulosos Cadillacs - Zona de Obras

V: —Con El León no pasó demasiado en el momento, pero empezaban los 90s y había un cambio de era, en general. No solo de nosotros. Nosotros cambiamos con los 90s. Éramos una banda de los 80s, claramente. Los 90s nos pasaron por encima y también fuimos parte de eso, entramos perfecto ahí. Entendimos y leímos perfecto lo que era la época y yo creo que podemos decir que los Cadillacs somos una banda muy noventera, también.

R: —Llegamos super envalentonados y me parece que la compañía discográfica, que obviamente nunca tuvo ningún tipo de visión artística, apostó a un éxito mucho más inmediato. Por eso “Gitana” fue el primer corte, que para nosotros es una canción totalmente menor. De hecho, la tocamos poco muy tiempo en vivo, enseguida nos dimos cuenta de que la cosa pasaba por otro lado. Los cortes fueron “Gitana”, “Desapariciones” y “El León”, ni “Carnaval toda la vida” ni “Siguiendo la luna”, que terminaron siendo las más hiteras.

F: —Nos importaban las ventas, pero sin volvernos locos. No era todo “por amor al arte y no me interesa vender”. Es lindo pensarlo así, pero hay que ser honestos. Nunca toqué la puerta de la compañía para preguntar cuánto vendió, pero en su momento tuvo más una repercusión más cultural que masiva. No fue un disco que vendió y los discos tienen que vender al toque. En su contemporaneidad recogió muchas cosas lindas, comentarios, críticas muy favorables, que antes tal vez no las teníamos… Aunque por otro lado, no nos importaba. En El León empezamos a recoger un respeto de gente que no nos respetaba. Y eso también fue grato.

R: —Cuando volvía en el avión, de la grabación y la mezcla del disco, sentí por primera vez que un disco de LFC no solo me gustaba, sino que me daba un orgullo muy grande. Siempre me gustó tocar los Cadillacs, pero esto era distinto.

V: —Siempre nos interesó lo joven, lo nuevo, pero no por una cuestión de moda, sino por energía… A cada uno de nosotros nos interesa cierto tipo de cosa punkie, energética y de ir muy para adelante que sigue estando. Todos estábamos muy atentos a qué es lo que pasa, qué es lo que está moviendo la aguja. Y quedó un disco con un montón de ideas relativamente plasmadas, bien terminadas, muy idiosincrásico de la época.

R: —Cuando conocimos a Mano Negra, nos vimos reflejados en un espejo. Y ellos con nosotros, aunque nuestros discos son anteriores y nuestra relación con la música latinoamericana era mucho más natural. El León salió en paralelo a King of the Bongo; después sale Vasos vacíos y ellos, Casa Babylon. A la vez salen Dale Aborigen (Todos Tus Muertos), el disco negro de Negu Gorriak (Borreroak Baditu Milaka Aurpegi), el primero de Café Tacuba y El gran circo de Maldita Vecindad… Todo eso era parte de la misma cosa, un mismo concepto artístico que muere cuando las discográficas deciden, a fines de los 90s, apostar por lo que hoy se llama género urbano o lo que mierda sea. Fueron muy inteligentes porque nosotros jamás les hubiéramos haber hecho ganar tanta plata: nosotros sí hubiésemos querido ver las cuentas. Esta gente es mucho más sumisa que nosotros, son músicos que no tienen rebeldía y no tienen la pasión que le poníamos nosotros a esa edad. Y obviamente fueron, entre comillas, “beneficiados”. Vamos a verlos donde están todos dentro de 20 años… o dentro de 30, como pasa hoy con El León.

#ELSIESTERO, Historias y anécdotas de las mejores Bandas del Mundo, Domingos de 17.00 hs. a 18.30 hs. 105.1FM www.fmsos.com.ar

 

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