Charly García

De la soledad del Adiós Sui Generis al Teatro Colón que esperó 40 años: la vida de Charly García a través de sus conciertos

Artista visceral y sensible, puso el cuerpo y el alma en forma de canciones e hizo del escenario el lugar de sus grandes gestas. En el día de su cumpleaños 72, un recorrido por los shows que hicieron historia

Por Pablo Andisco (Teleshow – Infobae)

Como no ocurre con ningún otro artista y por los motivos más variados, cada recital de Charly García es una experiencia única e irrepetible. La vanguardia, el clasicismo, el descontrol, la sensibilidad, los enojos convivieron a lo largo de su carrera y marcaron a fuego medio siglo de música argentina. Como telón de fondo, o como punta de lanza, la genialidad de sus canciones, los músicos más destacados y las apuestas más osadas.

Hoy Charly García cumple 72 años y este recorrido pasea por algunas de las páginas más destacadas del bicolor sobre los escenarios. Una manera de hacer memoria y mantener en alto la obra de un artista integral.

Es larga la carretera

El Adiós Sui Generis fue la primera convocatoria realmente masiva de un grupo de rock argentino por fuera de los festivales. El dúo formado por Charly García y Nito Mestre se separaba cuando la candidez adolescente era un recuerdo y ya eran una banda electrificada, comprometida y en un punto peligrosa.

La demanda fue tan grande que tuvieron que improvisar dos funciones en el Luna Park el 5 de septiembre de 1975. Como en los viejos cines en continuado, fue un concierto detrás del otro, que quedó documentado en la película de Bebe Kamin y en un álbum triple. El material sirve para advertir un clima de época y el inconformismo de García, que lejos de fijar un repertorio que sepamos todos, optó por incluir lados b, una versión de 25 minutos de “Un hada y un cisne” y algunos guiños al futuro.

Después los shows –con Rinaldo Rafanelli en bajo y Juan Rodríguez en batería- Charly y Nito se dieron la mano y siguieron cada uno por su lado. La leyenda cuenta que García volvió caminando, remontando Corrientes junto a su pareja María Rosa Yorio, como escuchando los ecos de la multitud cada vez más lejanos. Para el adiós definitivo faltaban cumplir un par de compromisos en el interior, pero Charly ya tenía la cabeza en otro lado.

Pueden venir cuantos quieran

El afiche del Festival del amor

Según le contó Charly a Felipe Pigna, el Festival del amor fue la culminación de una estrategia para seducir a David Lebón. Quería tocar a toda costa con el Ruso, a quien describió como en una etapa “muy mística”, luego de sus pasos por Pappo’s Blues y Pescado Rabioso y ensimismado en su camino solista. “Fui todos los días a su casa con facturas y lo convencí”, sintetizó. El 11 de noviembre de 1977, en uno de los contextos más oscuros del país, el músico organizó un megaconcierto en el Luna Park, un resumen de su intensa carrera hasta entonces y un trampolín hacia el futuro.

El Festival del amor fue la despedida de La Máquina de Hacer Pájaros, el reencuentro fugaz de Sui Generis, la estudiantina folkie de Porsuigieco junto a León Gieco, María Rosa Yorio y Raúl Porchetto. La presencia de Lebón como coorganizador e intérprete de su elogiado álbum solista redondeaba la propuesta y anticipaba los pasos a seguir.

El registro del concierto de más de cuatro horas fue algo caótico, aunque se conservaron algunas canciones y otras se retocaron en estudio. Así lo contó el propio Charly en un manuscrito de Música del alma, el disco publicado en 1980 con algunos extractos el concierto. Claro que por entonces andaba surfeando nuevas olas.

Quiero verte la cara

Con el dinero recaudado, Charly García y David Lebón se instalaron en Buzios, compusieron unas cuantas canciones y empezaron a darle forma a la banda que iba a romper los esquemas del rock argentino. Para ello, viajaron a Buenos Aires para reclutar a Oscar Moro, a esa altura ya una leyenda de la batería; y a Pedro Aznar, un secreto a voces entre los nuevos talentos que hechizó a Charly cuando lo vio tocar.

Después de un debut promocional en un barco de la Boca, y tras recibir el repudio del público en el Festival de la Genética Humana, el grupo dio su primer concierto formal en Obras Sanitarias. Los fans colmaron lo que iba a convertirse en el templo del rock pero no le gustó mucho la nueva propuesta. ¿Dónde estaba el Charlie de Sui o de la Máquina? ¿Qué eran estos sonidos demasiado sintetizados y estos falsetes irritantes? El repudio se manifestó en silbidos y García se expresó al respecto en declaraciones a la Revista Pelo meses después.

“En ese momento sentí que había mala onda, ahora que estoy más frío entiendo lo que pasó. Hubo gente que le gustó y se dio cuenta que era la misma cosa con otro envase, pero hubo otra gente que se quedó con la forma y esperaba otro tipo de envase para la música, y nosotros le pusimos etiqueta correcta”, analizó García. Y redondeó con una frase que iba a hacer bandera: “Pienso que hay que tocar para la gente pero también para uno mismo y bien, sin concesiones ni demagogia”.

La banda y el público no tardaron en hacer las paces y los conciertos de Serú estuvieron a la altura de sus canciones. Así lo demuestran la presentación de Bicicleta en Obras, la trilogía del Teatro Coliseo (plasmado en el bootleg oficial Yo no quiero volverme tan loco) o las postales de la despedida registrados en No llores por mí, Argentina, solo por mencionar algunos.

Nace una flor (o una estrella)

Charly entró en los ‘80 dispuesto a llevarse todo por delante. Con la separación de Serú Girán, puso toda la energía en su proyecto solista, editó algunos de los discos más importantes de la música popular argentina e inventó el concepto de estrella de rock en el país.

Después de la música para la película Pubis angelical, Yendo de la cama al living inició formalmente su aventura en solitario. Con la guerra de Malvinas y el fin de la dictadura como telón de fondo, se publicó en octubre de 1982 y se presentó el 26 de diciembre en el estadio de Ferro. Era la primera vez que un músico de rock tocaba en una cancha de fútbol y también marcaba el inicio del rock sponsoreado, lo que le valió algunas críticas contundentes y una respuesta propia de su ironía plasmada en “Dos cero uno (transas): “Él se cansó de hacer canciones de protesta y se vendió a Fiorucci”.

Charly y sus músicos -Gustavo Bazterrica, en guitarra; Andrés Calamaro, en teclados; Willy Iturri, en batería; y Cachorro López, en bajo- llegaron en una limusina rosa. La presencia de Mercedes Sosa devolviendo la gentileza de la visita del biocolor a sus shows del regreso, y los viajes al pasado con Nito Mestre y Pedro Aznar fueron las perlas de un espectáculo arrollador, que quedaron opacadas por el imponente derrumbe de escenografía ideada por Renata Schussheim en “No bombardeen Buenos Aires”. Nunca se había visto algo así en un recital. A partir de entonces, Charly empezaba a competir contra su propia leyenda.

Es solo una manera de actuar

El 22 de diciembre de 1991 el estadio de Caballito fue otra vez testigo de una actuación inolvidable de Charly García. Y si en 1982 el impacto estaba puesto en el contexto del país, aquí el foco era lo que pasaba en su propio cuerpo. En agosto de ese año había ingresado por primera vez en una clínica de rehabilitación como corolario de unos ‘80 tan exitosos como descontrolados.

Charly fue de la clínica al estadio casi sin escalas. Para reforzar la figura, bajó de la puerta trasera de una ambulancia, y mientras las sirenas atronaban el foco de luz lo seguía por todo el escenario y la multitud deliraba. No era otra cosa que el reflejo de su vida. El telón se abrió y los acordes de “Cerca de la revolución” lo conectaron con la multitud.

Fueron más de dos horas de un repertorio imbatible y una banda ajustadísima, de las mejores de su carrera. Fabián Von Quintiero, Carlos García López, Fernando Lupano, Hilda Lizarazu y Fernando Samalea, todos de riguroso blanco hospitalario, y con Mercedes Sosa, Fito Páez y los adolescentes Illya Kuryaki como muestra de su antena siempre prendida. Fue el final simbólico para el mejor Charly solista y la antesala a la peligrosa era del constant concept.

Qué tensión que hay en el ambiente

El verano de 1999 Charly fue convocado por la Municipalidad de Buenos Aires para cerrar la tercera edición de Buenos Aires Vivo. La previa estuvo agitada por el deseo del músico de arrojar muñecos al río como alegoría a los vuelos de la muerte de la dictadura militar, lo que ocasionó un contrapunto con Hebe de Bonafini, titular de Madres de Plaza de Mayo. Hasta ese momento, el músico y la dirigente tenían una buena relación y las rispideces se solucionaron con la ronda y el abrazo a las Madres sobre el escenario, en medio de “Kill my mother”.

Un Charly al límite, pero todavía en foco, repasó su carrera con versiones potentes de sus hits y el clásico “Sweet home Alabama” junto a Javier Calamaro como otra muestra de su facilidad para hacer propias canciones ajenas. Apoyado en la guitarra y las voces de María Gabriela Epumer -su sostén anímico y musical de aquellos años-, García se valió de las cuerdas para hacer dialogar su repertorio fogonero con la etapa Say No More. La versión impiadosa de “Música de fondo para cualquier fiesta animada” es la muestra más representativa de dicha comunión.

Tengo un mambo que me caigo

Entre finales de los ‘90 y mediados de los 2000, los conciertos de García se volvieron experiencias difíciles de presagiar. Desde el momento mismo de cada anuncio, todo pendía de un hilo, sea la realización efectiva, el horario de comienzo, el repertorio o el humor del protagonista. La era Say No More entraba en su laberinto, y los grandes festivales que se prodigaron con el nuevo siglo, fueron un atajo para disfrutar de un artista más o menos en forma.

El 17 de octubre de 2004, García cerró la jornada de un maratónico Pepsi Music realizado en el estadio de Ferro. Poseído por la épica de la sede de sus grandes gestas, un Charly desatado brindó un show visceral en el que una vez más los astros estuvieron de su lado. Bajo una lluvia torrencial, mezcló hits con algunas de las gemas más ocultas de su repertorio. Regaló una versión antológica de “Seminare”, inmolándose sobre el piano. Y sacó a pasear toda su estirpe beatle con una cita antojadiza a “Rain”. De alguna manera, estaba otra vez presagiando el futuro.

El público latió en su misma vibración hasta que en “El amor espera”, tema de su álbum maldito Kill Gill, una parte vio la oportunidad de la huida hacia un clima menos hostil. Al ver el éxodo, Charly paró las aguas y cambió de timón a puro rock and roll con “Popotitos”. “Andate ahora”, le gritó a la masa con algún que otro exabrupto, antes de desempolvar “Loco, no te sobra una moneda”, zappeada largo y tendido en los tiempos brasileros del proto Serú Girán y grabada originalmente con la voz de Billy Bond.

Unos meses después, García iba a tocar el Cosquín Rock y los ecos del “esta noche toca Pappo” presagiaban la reconciliación entre Charly y El Carpo. Lo que nadie podía explicar era el motivo de la pelea, más allá de la barrera entre blandos y duros que separó durante tanto tiempo a las tribus del rock nacional y hoy resulta anacrónica.

—¿Por qué estuvimos peleados 20 años?, le preguntó Pappo al verlo en su camarín.

—No sé, respondió Charly.

—Qué boludos que fuimos… ¡vamos a tocar!

El relato que el baterista Bolsa González reconstruyó para Teleshow refleja lo inexplicable del vínculo entre demasiados egos. Tocaron “Desconfío”, “Popotitos” y “Sucio y desprolijo” y encendieron la ilusión de que fuera el comienzo de algo más grande. Los sueños se frustraron apenas unos días más tarde, cuando el genial guitarrista murió en un absurdo accidente de tránsito.

Me siento mucho mejor

El descalabro Say No More tocó fondo en Mendoza, la provincia en la que tuvo uno de sus más recordados incidentes policiales cuando se bajó los pantalones en escena y desde donde saltó de un noveno piso en el 2000. Otra vez el genio y la energía de los lugares. Después de demoler la habitación del hotel, terminó internado con un cuadro de excitación psicomotriz y tras una neumonía lo trasladaron a Buenos Aires y fue ingresado en un neuropsiquiátrico.

El regreso de García empezó a cobrar forma en agosto de 2008, cuando Palito Ortega lo cobijó en su quinta de Luján. En marzo del año siguiente, improvisó un show frente a la Basílica y, tras pasar por Chile y Perú, el habitual concierto por su cumpleaños planeaba algo grande en el estadio de Vélez. En vez de la tradicional zapada en algún pub, pergeñaba un megaconcierto para apuntalar la recuperación. Una gesta sanmartiniana que inició una breve primavera en lo que respecta a sus shows en vivo.

El 23 de octubre de 2009, Charly salió al José Amalfitani con un equipo mixto: su banda estable The Prostitution, integrada por los chilenos Kiuge Hayashida (guitarra) Toño Silva Peña (batería) y Carlos González reforzada por los enfermeros Hilda Lizarazu, el Zorrito Von Quintiero y el Negro García López, más la presencia estelar de Luis Alberto Spinetta en “Rezo por vos”. Estaba todo preparado para una puesta acorde a su historia, pero algo no salió como lo esperado, o quizás haya sido un truco de magia del prestidigitador del bigote bicolor. Y una tormenta incesante se desató sobre el barrio de Liniers y obligó a alterar los planes. “Este es el primer concierto subacuático del mundo”, vociferó Charly con su habitual poder de síntesis y grandilocuencia y le estaba poniendo título y concepto a un hecho histórico.

Tocaba el piano como un animal

El 23 de septiembre de 2013, Charly García debutó con un concierto propio en el Teatro Colón. Para ello, ideó el proyecto Líneas Paralelas – Artificio imposible, con el que recorrió su discografía junto a su banda The Prostitution y las cuerdas de la Orquesta Kashmir.

También fue una manera de unir los dos caminos en apariencia irreconciliables. El del niño prodigio de oído absoluto y futuro de concertista, que deleitó a Eduardo Falú y el artista visceral y sanguíneo que le puso el cuerpo y la banda de sonido a dos generaciones.

Hasta sus últimos problemas de salud fue una época de proyectos ambiciosos en los vivos de García. Entre el revisionismo de su vasta obra y la proa puesta en lo que sería su hasta ahora último disco, Random, el bicolor presentó propuestas como Charly 60 x 60, la obra basada en la trilogía de “La vanguardia es así”, “Detrás de las paredes” y “El ángel vigía” del Teatro Gran Rex de finales de 2011 o el espectáculo itinerante La torre de Tesla, de 2018 y 2019.

El regreso del escorpión

El 23 de octubre de 2021, los 70 años de Charly se festejaron a lo grande. En el CCK se organizaron cuatro bloques temáticos en los que se abordó la obra del artista con músicos invitados y diferentes guiños –tango, folklore, clásico, rock- a los estilos de su repertorio. Pasado, presente y legado, con la expectativa por la posible aparición del cumpleañero en algún momento

Vestido de blanco, con brazalete y sombrero negros y una remera con un escorpión en su pecho, García dijo presente en su propio cumpleaños y arrancó con “Cerca de la revolución”. Le siguieron “Promesas sobre el bidet”, “Raros peinados nuevos”, “Demoliendo hoteles” y “Canción para mi muerte”. Junto a él, Hilda Lizarazu y Rosario Ortega en voces; Zorrito Von Quintiero en teclados, Fernando Samalea en batería; sumados a ex GIT Pablo Guyot y Alfredo Toth en guitarra y bajo respectivamente y la presencia estelar de Fito Páez, que un rato después lo homenajeó en el Teatro Colón interpretando sus canciones.

Hoy hace un año que Charly tocó por última vez en un show privado en Be Bop, para mantener la rutina habitual de sus cumpleaños. En medio de rumores cruzados sobre su salud, y con La fábula de la escorpión como proyecto discográfico, la vida de García puede leerse y celebrarse de varias maneras. Quizás ninguna sea tan excitante como la de sus conciertos.

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