Manal

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01 DE FEBRERO DE 1970 SE PUBLICA EL PRIMER DISCO (Y ESCENCIAL) DE MANAL
Y LO RECORDAMOS CON ÉSTA NOTA IMPERDIBLE A JAVIER MARTINEZ PARA RS
‘Ahora que estoy vivo y sano, maldigo totalmente a los que van a darme bola después que me muera”, dice Javier Martínez . “Van a tener una maldición hasta la séptima generación de sus hijos.” Es un mediodía primaveral y bajo los rayos del sol que entran por una ventana, el baterista de Manal hace vibrar la mesa de un bar de Corrientes y Callao con un golpe seco. Vestido con camisa, pantalón y una visera negra que oculta unos pocos mechones blancos, Martínez gesticula constantemente con las manos. Revisa los mensajes en el smartphone, clava una mirada desafiante cuando expresa lo que él considera una falta de respeto a su larga trayectoria y, por momentos, hace a un lado el submarino que está tomando para inclinarse sobre el grabador y descargar su rabia contra un reconocido periodista que despreció sus discos solistas y prefiere no mencionar, antiguos colegas, la industria discográfica, productores de festivales que siente que le faltaron el respeto y contra cualquier ofrecimiento ligado a la nostalgia. “Ahora que estoy acá me tienen que dar bola. Pero no lo van a hacer porque tienen miedo a la verdad, son tibios. No importa.”
En el mundo del rock, Javier Martínez es tan conocido por su estatus artístico -fue pionero del blues en castellano y un letrista visionario al frente de Manal , autor de clásicos como “Avellaneda blues”, “Porque hoy nací” o “Jugo de tomate”- como por su poca paciencia y su estilo bravucón en los reportajes. A los 73 años, es uno de los pocos integrantes del selecto grupo de músicos fundadores del rock nacional que continúa presentándose los fines de semana en pubs y salas pequeñas. La rutina diaria de Javier Martínez en Ranelagh, Berazategui, en la casa en la que vive solo con varios gatos, no es muy distinta a la de los días dorados de Manal: un tiempo de ensayo en la batería, escuchar radio o algunos clásicos de su colección de discos de jazz y, sobre todo, leer a sociólogos, poetas, historiadores como Eric Hobsbawm o filósofos agnósticos como Emil Cioran. “Siempre estoy con algún libro”, dice mientras come un tostado de jamón y queso. “Sin ofender a nadie, me cansé de los músicos de rock que no tienen un libro en la casa. Pappo era uno de esos, pero se basó en la filosofía de la calle, y suficiente hizo con eso. A mí me gusta la de la calle y la biblioteca. Yo no terminé la secundaria, pero mi padre me inculcó la lectura desde pibe y quizás por eso tengo una voracidad intelectual. Mi viejo me decía: ‘Adoquín y biblioteca’.”
Esta mañana, por ejemplo, Javier estuvo leyendo El tango. Cuatro conferencias, un libro que reúne la transcripción de una serie de charlas que Jorge Luis Borges ofreció en octubre de 1965 y atesora desde hace muchos años en su biblioteca porque, dice, “leer es importante pero más importante es releer”. Y al terminar su habitual momento de lectura, habló casi dos horas por teléfono con el histórico baterista de La Cueva que vive en Europa, Fernando Bermúdez, y dice que decidieron no hablar más del pasado cuando dan entrevistas, ni de cómo eran Tanguito o Sandro. “Tanto Fernando como yo y otros pioneros estamos hartos de que nos llamen para hablar de esas cosas”, dice con su característico vozarrón. “Los periodistas de rock están obsesionados con el génesis. Así que te pido un favor: tratá de no preguntarme sobre eso.”
Sin embargo, más allá de sus reiteradas advertencias, será él quien, durante dos encuentros con Rolling Stone -el otro fue en el bar Homero Manzi, en la esquina de San Juan y Boedo-, proponga hablar de todo eso que lo llevó a ganarse un lugar protagónico en la historia que dio origen al rock nacional.
A los 73 parecés lejos del retiro. ¿Cómo te sentís después de 58 años de carrera?
Muy bien. Una de las mejores noticias es que estoy tocando con dos caballeros [el guitarrista Maxi Delli Carpini y el bajista Hernán Castellano], tipos que tienen honor, con los que tenemos una amistad en la que creo. Si un día no quieren tocar más conmigo, estoy seguro que me lo van a decir bien y no me van a clavar un puñal por la espalda. Esa es una de las cosas que me hacen más feliz, junto a que los dos son intelectuales que, además de tocar, tienen libros en la casa.
¿De dónde surgen la inspiración y las ganas de seguir grabando?
De la necesidad de expresarme y de la admiración que tengo por tipos como el que estoy mirando desde acá [señala un retrato de Enrique Santos Discépolo colgado de una pared]. Yo saco un disco cada cinco años, pero todos dejan huella. Tengo un paradigma que tomé del cine francés, de Jacques Tati. El tipo sacaba una película cada cinco años, pero cada vez que estrenaba una, ganaba el primer premio en Cannes, porque hacía las cosas bien. Y yo dije: “Quiero ser como Jacques Tati”.
¿Cuál es tu método a la hora de componer una canción?
Mi método siempre es primero hacer la música. Busco una estructura o secuencia de acordes que me gusta. Después cuando la tengo armada le meto una melodía arriba y por último le pongo una letra con una métrica poética, basada en algún apunte que ya tengo escrito. Ese es mi sistema, pero hay otros. Siempre lo hice así. Cuando me enteré de que “Manal” es un instrumento antiguo, escribí un poema, una letra con métrica, y ahora voy a tratar de ponerle una música inspirada en el rock and roll del 50.
En el disco y DVD que grabaste en 2018, El factor invisible, volviste a versionar viejas canciones de la primera época de Manal, muchas de ellas clásicas. ¿Por qué no grabaste temas nuevos?
Porque creo que siempre podés hacer mejor una canción. La versión de “Jugo de tomate” que hice en el álbum primero llamado Swing y después Basta de boludos, con saxo y trompeta, suena fenómeno. Me gusta mucho más que la versión histórica [incluida en el álbum debut de Manal, de 1970], que suena a viejo, tiene otro sonido.
¿Eso tiene que ver con la ejecución o con el equipamiento técnico?
Con todo, la técnica de grabación era buena: con cuatro canales estábamos bien. Más que nada con la forma de tocar. Obviamente ahora toco y canto mejor que antes. Los arreglos están mejor hechos.
¿Cómo surgió la canción “Pappo Blues”, de tu disco Pensá positivo?
El tema que le hice a Pappo pasa por arriba del individualismo y la envidia. Nietzsche dice que poeta es el que se atreve a confesar. Salí del egoísmo y mostré admiración por un amigo, que lo tiene muy merecido.
En una parte de esa letra decís: “Si te digo cómo extraño el blues, cómo extraño el rock, cómo te extraño a vos”. Esa canción transmite mucho sentimiento.
Y sí, porque [Pappo] era una parte importante. No es nostalgia, no es para quedarme en el pasado, sino para traerlo al presente. Un sentimiento de amistad, que está en crisis en el mundo. Porque vos le preguntás a la gente: “¿Tenés amigos?”. Y las redes como Facebook le están quitando valor a la palabra. Te dicen: “Tengo 5.000”. Pero no, los amigos se conocen en las malas. Cuando tengas una dificultad, vamos a ver si te conoce alguien.
Pero vos tenés cuentas en todas las redes sociales…
Sí, tengo Facebook, me armaron una fanpage, un canal de YouTube.
También estás en Instagram, ¿te interesan los comentarios de tus seguidores en las redes sociales?
Claro que me interesan. Aunque en las redes están también los cobardes que manifiestan su resentimiento.
Siempre resaltás la importancia de tu padre en tu carrera y en la vida.
Sí, porque fue una gran influencia para mí. Mi viejo, Ovidio, nació en Uruguay y siempre que venía mi tío Lumen de Montevideo, se reunían y mientras preparaban la brasa para el asado, calentaban la lonja, los tamboriles, y tocaban candombe uruguayo, que es una música africana. Recuerdo que yo tenía 5 o 6 años y me daban un tamboril grande para que hiciera la base. Ahí aprendí intuitivamente el concepto de polirritmia africana. Después vi a Gene Krupa en una película y quise aprender a tocar batería.
¿Por qué creés que muchos consideran a los bateristas de rock una especie rara entre los músicos?
Yo formo parte del club de bateristas y fui a las reuniones que me invitaron porque me pareció bárbaro. No conozco un club de pianistas ni guitarristas. Los bateristas desarrollamos un espíritu solidario: somos camioneros, cargadores, changadores. Si no, no podés ser baterista. Una vez me llamó Pappo: “A Black [Amaya] se le rompió el pedal”. Y le contesté: “Ya voy”. Pedí un taxi y le llevé el pedal hasta Haedo. A lo mejor el Negro Black se olvidó, y no importa. También le presté mi Ludwig Super Classic para que tocara con una buena batería en el primer disco de Pappo’s Blues.
Black Amaya y vos fueron dos pioneros de la batería en el rock argentino, pero tenían estilos muy diferentes…
Es muy buen batero Black. Cuando empezó Pappo’s Blues, tenía técnicas que muchos de nosotros desconocíamos, y viceversa. Black sabía que yo venía del jazz y hacía figuras raras con el tambor, el bombo en contra. En cambio, él venía de otro palo.
¿Aprendieron mutuamente?
Sí, eso también nos constituyó en lo que fuimos: un movimiento. Nos influenciábamos y aprendíamos entre todos. Y nos dábamos una mano aunque después fuéramos unos ingratos. No importa… Esas son las paradojas de la vida. Pero después la gente sufre y crece. Yo también dije boludeces así. Muchas. Por ejemplo, si vos querés escuchar un silencio de cementerio, dale a un tipo un papel y pedile que te anote sus defectos [risas]. Todos somos Dios. Somos muy boludos los seres humanos.
¿Y vos sos de anotar tus defectos?
Sí… Yo tengo una ventaja, o no sé si llamarla así. Tengo una característica que es que vivo solo desde hace 30 años. Pero no estoy solo. Mis relaciones con las mujeres duran porque viven bajo otro techo. Quizás lo que obtuve de ahí fue el tiempo para poder pensar.
¿No te gusta la convivencia?
Claaaro, la vida y los horarios de un músico son insoportables para una mujer o una persona de otro palo. Vivís al revés, laburás cuando todos descansan, dormís de día, entretenés a los que descansan. Debe ser insoportable.===>#ELSIESTERO, Historias y anécdotas de las mejores Bandas del Mundo, Domingos de 17.00 hs. a 18.30 hs. 105.1FM www.fmsos.com.ar

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